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¿Recordar es vivir?

¿Recordar es vivir?

Una de las actividades que más puede mover nuestros sentimientos es sentarse a recordar viejas anécdotas. Cuando son positivas, la risa y la alegría inundan nuestras historias. Quien no se ha divertido contando a otros una situación, donde incluso cosas que en su momento nos causaron vergüenza e incluso ira, hoy parecen verdaderas situaciones cómicas.

Cuando las historias que recordamos son negativas, también afloran sentimientos como la ira, el dolor, el rencor y la tristeza. Casi siempre este tipo de historias comienzan con una frase parecida a “le voy a contar lo que me pasó a mí, fue más grave y no me morí por eso”.

Uno pensaría que el hecho de hablar de un capítulo doloroso significa que ya lo hemos superado, pero la realidad es muy distinta. Si al recordar una situación, una época o un capítulo de nuestra vida las lágrimas, el resentimiento y el dolor afloran con intensidad, significa que nuestro recuerdo aún nos persigue.

No es que recordar sea bueno o malo. Aprender de nuestras experiencias pasadas nos dan el poder para manejar situaciones presentes y futuras, pero vivir el presente poniendo de antemano nuestro pasado, nos limita a renunciar a nuevas experiencias valiosas, y “mata” a nuestro espíritu aventurero, encerrándonos en una especie de realidad artificial de la cual es difícil salir.

Pero ¿Cómo saber si estoy viviendo de mi pasado?

Existen señales que podemos identificar para saber si nuestro pasado está interfiriendo en nuestro presente, y por lo tanto, afectando nuestro futuro.

Nostalgia: No está mal que de vez en cuando sintamos nostalgia respecto a algún capítulo de nuestra vida. Cuando somos niños, sentimos nostalgia sobre lo permisiva que es la vida con los bebés; cuando somos adolescentes, sentimos nostalgia sobre las menores responsabilidades que tienen los niños; cuando somos jóvenes sentimos nostalgia por todas las etapas anteriores; cuando somos adultos sentimos nostalgia de las fuertes emociones de la juventud; cuando vamos envejeciendo, sentimos nostalgia sobre lo que antes podíamos hacer con facilidad y ahora nos cuesta trabajo.

Podríamos seguir enumerando situaciones nostálgicas y no terminaríamos; el amor, el dinero, la libertad, incluso, el dolor y el sufrimiento. Sin embargo, cuando esa nostalgia se vuelve una constante de nuestra vida y “quemamos” nuestro tiempo recordando el pasado, deseándolo con fervor, impidiendo vivir plenamente nuestro presente (sea mejor o peor que nuestro pasado), estamos enterrando vivo nuestro presente y nuestro futuro.

Miedo al cambio: El pasado sirve para adquirir experiencia en cualquier ámbito de la vida, sin embargo, de nosotros depende convertirlo en un aprendizaje para avanzar, o en una carga llena de miedo que nos hará detenernos ante decisiones y acciones que pueden llenar nuestro presente y nuestro futuro de cambios y felicidad.

Comparemos nuestra vida con un negocio; hemos probado varios y en algunos nos ha ido muy bien, en otros regular, y otros han ido a la quiebra. En algunos se gana, en otros se pierde. Algunos nos motivan y otros nos hacen sentir infelices.

Si tomáramos todo como un aprendizaje, sacaríamos partido y nos aventuraríamos a seguir experimentando. Si lo tomamos como una derrota tras otra, el miedo a intentarlo de nuevo nos paralizaría, y huiríamos a la primera oportunidad para “no fracasar” y evitar la frustración y el dolor.

Así como los negocios son el amor, el dinero, nuestras relaciones con otros y nuestros avances personales. Somos los responsables de convertir nuestra experiencia en un capital a favor o en una deuda eterna con nuestra valentía.

Excusas: Tomar el pasado como excusa es otro hábito común en quienes no logran capitalizar su pasado y convertirlo en herramienta para su futuro. Toda crisis trae la oportunidad de crear un nuevo escenario, no importa si se trata de amor, dinero o juventud. Muchas personas aprenden a ser víctimas, y las excusas abundan en su discurso.

“Es que vengo de una familia pobre”, “es que no me dieron la oportunidad”, “es que esa persona es más atractiva”, “es que tengo mala suerte”, “es que tengo mala suerte”, “es que soy de malas en el amor”, “es que la economía del país está mal”…¿Les suena familiar ese discurso?

Victimizarse no depende de una situación, depende de la actitud con la que la enfrentamos. Si te divorciaste, puedes tomar dos actitudes ante el mismo evento; puedes decir que eran incompatibles en ciertas cosas y no llegaron a un acuerdo, o puedes decir que te dejó por otra persona, que es un malagradecido, que tu vida era un infierno. No es la situación la que cambia, ere tu quien procesa de forma positiva o negativa la vivencia.

Finalmente, quiero recordarte que debemos tomar la actitud de los niños respecto al pasado y su famoso “recordar es vivir”; toma lo que pueda servirte, úsalo como experiencia, no temas al cambio, inténtalo de nuevo, y disfruta el aquí y el ahora para que puedas ser feliz.

 

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