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El acoso escolar ¿Lo estamos manejando bien?

El acoso escolar ¿Lo estamos manejando bien?

El acoso escolar, bullying o matoneo ha existido desde siempre. Aquellos que ahora somos adultos, seamos padres o no, tenemos en nuestro historial infantil, juvenil, e incluso actual, algunas interesantes historias sobre algunos personajes que pasaron por nuestra vida y nos fastidiaron enormemente.

La diferencia es que antes, las cosas se arreglaban de una manera diferente, donde la víctima del acoso podía defenderse, pero ahora ¿Qué es lo que realmente sucede?

Rabia siente un padre al ser llamado al colegio de su hijo porque éste, en legítima defensa, agrede a un compañero del cual ha sido víctima durante prolongado tiempo de acoso, burlas, desagravios, y una larga lista de molestias que le han llevado a sentirse triste, enojado, engañado y hasta le ha hecho pensar en que la culpa es suya por ser “tan tonto”. Cuando se llena la copa, y el agredido no puede soportar más la situación y agrede al agresor, entonces ahí si se forma un verdadero escandalo porque “no le tiene paciencia al agresor”.

Las políticas frente al acoso escolar se han convertido en una verdadera pesadilla para aquellos que son personas buenas y decentes. Según las teorías modernas, “el pobre acosador” es una persona sin oportunidades, o que sufre de acoso en su casa, y, por ende, todos debemos “ser tolerantes” ante la situación, porque el pobre acosador “no tiene la culpa”.

Es tanto así, que ahora quienes reciben la terapia no son los acosadores, sino los acosados, pues deben contar con herramientas suficientes para soportar el dolor que se les causa, ya que debemos ser “incluyentes” con aquellos que nos hieren.

Dado lo anterior, el acosador simplemente sabe (si, lo sabe, aunque tenga 5 años) que su conducta es tolerable y, por tanto, haga lo que haga, no va a recibir un castigo real ni por parte de sus tutores (ahora ya todo, incluido reprenderlos, se considera “maltrato”), ni por parte de sus profesores. Antes, el mismo control social de los estudiantes, como era el caso de las peleas incluso físicas, terminaban con la situación, pues se presentaban limites reales. Uno no puede ir por la vida haciendo daño a los demás y a cambio, recibir una “amonestación pedagógica” que a la final realmente le importa al infractor un pepino.

Es necesario que tanto las leyes como los padres de aquellos niños decentes se unan y hagan presión sobre aquel que considera que “el mundo tiene que aguantarme”, pues solo estamos premiando estas conductas al tener que decirle a nuestros hijos que soporten la presión y toleren ser agredidos.

Estas conductas terminaran por formar criminales, los cuales a todas luces creen fervientemente que tienen derecho a limitar la libertad de los demás por ser mas fuertes y porque la ley acusa a la victima de haber provocado al victimario, así que terminan por pensar que robar, matar, estafar o cualquier otra conducta dañina es aceptable, porque al final, estamos castigando a quien recibe el daño y no a quien lo hace.

Si, por otra parte, eres el padre de quien comete las conductas dañinas, es hora de que pongas freno a este tipo de conductas. Una cosa es querer y defender a nuestros hijos, y otra es hacernos los ciegos ante la evidencia y tratar de buscar culpables para evadir nuestra responsabilidad y la de nuestro crio.

Y entonces ¿Qué hago?

Lo primero que tienes que hacer ante una conducta de agresión es guardar la calma. Hay que investigar bien que fue lo que sucedió primero antes de reprender, agredir o acusar a alguien de ser culpable. Castigar a tu hijo por que uso su legitima defensa te pone frente a él como su enemigo y no como su protector. Respaldar a tu hijo sin tener evidencia de quien fue el verdadero responsable de la situación puede hacer que crea que las normas son para los demás y que la irresponsabilidad se puede premiar.

Prestar atención al comportamiento de nuestros hijos es importante. Una victima de acoso no necesariamente tiene que usar la fuerza bruta para defenderse, aunque en algunos casos, parece ser el único método que funciona ante un personaje protegido tanto por el sistema como por la sociedad. Los niños aun siendo muy pequeños, pueden llegar a llenarse de tanto odio y rencor, que pueden caer en depresiones, conductas suicidas, o como ya hemos visto, planes elaborados de venganza que terminan en homicidios o lesiones graves.

Enséñele herramientas de defensa, tanto emocionales como comportamientos de protección, pero acompáñelo en el proceso. Decirle que “no se deje”, o que “no le preste atención”, pero dejarlo solo y no llevar el seguimiento sobre la evolución de la situación es igual que no haber hecho nada.

Llénese de pruebas. Suena muy duro, pero para poder defender a nuestros hijos necesitamos pruebas de que hemos seguido los conductos regulares que nos exigen las instituciones. Si tiene una queja, procure dejarla por escrito, con firma de recibido, de manera tal que, en el caso extremo de que su hijo tenga la necesidad de defenderse de manera agresiva (instinto de conservación), usted pueda respaldarlo tanto moral como legalmente.

Si su hijo es quien agrede, busque ayuda. He tenido la experiencia de ver a padres buenos, organizados, decentes y responsables, con hijos sinvergüenzas, golpeadores, maltratadores y abusivos. A veces el exceso de amor convierte un gran ser humano en una persona demandante, y con ínfulas de que el mundo le debe algo solo por existir.

Y finalmente, recuerde no irse hacia los extremos. Detecte la situación , repórtela, intervenga, y ante todo, sea justo y realista a la hora de medir a su hijo y medir a los demás.

 

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